¿Cuándo termina un gobierno?

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Por Paulina Vodanovic // Contenido publicado en El Mercurio

Al mirar las encuestas, ya vemos la manifestación de un divorcio. Según la encuesta CEP, el apoyo el Presidente llegó a un mínimo inédito de 6% y, según la última medición de Criteria, sigue sin superar los 14 puntos. Lo grave de tal falta de respaldo popular es que esta alerta a la autoridad se sostenga tanto tiempo sin remedio: esto habla de una incapacidad política de generar respuestas satisfactorias, tanto en las prioridades como en las soluciones. Algo similar es lo que nos indica el récord de 12 cambios de gabinete. Todo muestra que estamos frente a una conducción fragilizada o, al menos, errática.

Además, vemos un gobierno incapaz de instalar un proyecto para Chile, limitados a administrar. La preocupación de toda la discusión política ya está puesta en las próximas elecciones. Ello va más allá del fenómeno del ‘pato cojo’, esto es, la administración debilitada por su anticipada salida de escena. Lo que hay es un sistema político organizado en torno a los proyectos y autoridades futuras, no en el año que queda por delante.

Llegamos a la esencia del asunto. La mayor falencia del Gobierno que se inició en 2018 con la promesa de ‘tiempos mejores’ ha sido la impericia para afrontar debidamente una sucesión de crisis sociales, políticas, sanitarias, que se terminaron potenciando de manera circular. Primero, no hubo capacidad de instalar una agenda concitando apoyos que la legitimen. Y luego, cuando hubo de enfrentar fenómenos nuevos, no se reaccionó en forma oportuna ni acorde con la magnitud de lo que estaba en juego.

En el Gobierno hemos visto lentitud, soberbia y distancia. La falta de empatía para comprender los nuevos desafíos fue evidente. Esto solo pudo ser atenuado por el liderazgo de los municipios, el Colegio Médico y las organizaciones sociales. El caso más evidente de esta pasividad fue que las familias han financiado el costo social de la pandemia con una sucesión de retiros del 10% de sus propios fondos previsionales.

No se abordaron oportunamente, ni con visión de Estado, temas de importancia para el país como la reforma previsional, la crisis de la policía uniformada o la situación de La Araucanía, reduciéndola a la militarización del Wallmapu, receta que los expertos descartan por ser peor que la enfermedad.

En definitiva, ¿en qué sentido es posible afirmar que finalizó el segundo gobierno de Sebastián Piñera? Finalizó porque se quebró el mandato esencial entre un pueblo enfrentado a crisis e incertidumbres, que ya no confía; lo que terminó antes de tiempo es el necesario vínculo de confianza y respaldo que sostiene un cargo tan complejo como la Presidencia de la República.Lo que se agotó parece ser la confianza en las capacidades o en las intenciones: ambas posibilidades son graves y retardan el camino a la recuperación y el desarrollo. Con un liderazgo que solo acrecienta la distancia y la incertidumbre, la ciudadanía -cansada y escéptica- ya situó sus esperanzas en lo que viene.